viernes, 18 de junio de 2010

ESCENA DE LA DUCHA DE "PSICOSIS"

El bueno de Norman Bates ha cumplido los 50

El pasado miércoles se cumplieron 50 años del estreno de una de las películas más populares de la carrera de Alfred Hitchcock. Precursora del género slasher, Psicosis supuso la entrada en escena de un tipo de personaje que a día de hoy ha sido utilizado hasta la saciedad y del que sigue sacándose (con menor o mayor acierto) bastante jugo: el psicópata. Norman Bates, personaje basado ligeramente en el asesino real Ed Gein, nació primero en la mente del escritor Robert Bloch y fue trasladado a la gran pantalla por el guionista Joseph Stefano. Sin embargo, no habría un Norman Bates tal cual hoy se recuerda, si no tuviera los rasgos de Anthony Perkins... muy a su pesar, puesto que a pesar de sus muchos intentos nunca llegaría a quitarse el estigma de haber interpretado a este personaje. No en vano interpretó al atormentado asesino en las tres secuelas que se realizaron.

Aunque en el momento de su estreno buena parte de la crítica estadounidense recibió Psicosis con términos bastante negativos, el público hizo oidos sordos a las críticas y acudió en masa a ver la película. Con el tiempo, Psicosis se ha convertido en una de esas películas imprescindibles de la historia del cine.
Buena parte de culpa la tiene la famosa escena de la ducha, todo un prodigio de planificación en poco menos de cuatro minutos. Alfred Hitchcock en la dirección, George Tomasini en el montaje, el mítico diseñador gráfico Saul Bass en el storyboard y la chirriante banda sonora de Bernard Herrmann tienen la culpa de que más de uno se haya pensado dos veces entrar en la ducha.



Pocas veces una muerte ha sido rodada mejor, sobre todo sin verse (el sonido aquí es un gran protagonista) cómo el cuchillo penetra en la carne. La sangre y la carne desgarrada quedan visualmente en un segundo plano con la intención de que el espectador imagine el resto en base a lo que escucha. Eso es algo que desgraciadamente ya no se puede experimentar en las salas de cine actuales, en las que lo que más importa es que (por malo que sea) todo se vea mejor, más grande, más aparatoso... y a ser posible con las gaficas 3D bien puestas.